viernes, 12 de octubre de 2012

Reciclaje

En mi mente titilaba el recuerdo de algún escrito que dejé inconcluso y que nunca publiqué, así que me puse a buscar y encontré en mi blog una "entrada" catalogada como "borrador".


Acabo de releerla, data del año 2009. No recuerdo exactamente qué me motivó a escribirla, ni tampoco la idea central que quería desarrollar, pero está muy ad-hoc con el contexto que estamos viviendo, principalmente por dos hechos putuales: nos encontramos en temporada de campañas electorales para candidatos a alcaldes y concejales y, además, el día de hoy es 12 de octubre, fecha en que Colón llegó a nuestro continente, dando paso con ello a un sangriento genocidio de los pueblos originarios... y bueno, la historia es conocida (conquista, muerte, mestizaje, imposición del cristianismo, etc.)


Y ya, sin más preámbulos, los dejo con un vómito mental que el Juan Pablo Avello del 2009 le dejó al Juan Pablo Avello del 2012, una especie de mensaje en una botella de mí para mí.

Dice así:

habitualmente no me gusta enfrascarme en discusiones weones, porqe habityalmente suelo tener todos mis conflictos ya solucionados y me da paja discutir con descerebrados porqe los considero una pérdida de tiempo

aaaaaa vale todo callampa
gente culiá aweoná descerebrda qe vota por piñera

odios las pasiones politicas

odio qe todos se crean los mas griegos y democraticos ciudadanos de la polis

odiso sus argumentos ckichés, odios las frases hechas

odio el conservadurimso y la homofobia

por qé chcuha la gente desprecia más a un par de hombres homosexuales qe qieren adoptar un niño qe a aqellos hombres qe golpean a sus mujeres, se emborrachan y abandonan a sus hijos?

no existe razoon de ser para eso

feos culiaos los qe piensna asi
retrógrados de mierda

y despues se creen cristianos y se dicen anticoministas

si se inforamarn ,as , sabrian qe las primeras comunidades cristianas practicaban una especie de comunismo primtivo

pero qé chucha
si a tdos les imporat el simbolismo

nadie razona

todos qieren estar dentro de un estatus
disfrazarse de uan wea´desarrollando un rol qe no les compte ni identitaria ni culturalmente

odio a las viejas guatonas
nadi se atreve a reconocerse mestizo

se creen europeos, desprecian al peruano y al bolviano

le temen a la democracia

pocos se atreven a mirar a los ojos de su propio refleho en el espejo y ver la mirada antigua del mapuche qe se sigue expresando

me odio a mi, de pasada, por creer en Marx pero a i manera, por ser "creyente y no practicante"

yo prefiero el caos a esta realidá tan charcha

De lo que escribí hace ya tres años, mantengo prácticamente todo, pero en estricto rigor, no estoy seguro si los primeros cristianos practicaban un comunismo primitivo, de hecho, no sé en qué consiste, y si lo supe alguna vez, ya no me acuerdo. Y sobre ser "marxista creyente pero no practicante"... yo creo que todavía puede ser, pero igual siempre coqueteo con el materialismo histórico y con el anarquismo, pero también —hay que decirlo— con la idea de una Asamblea Constituyente y mar para Bolivia y una cóctel bien variado de planteamientos subversivos —y otros no tanto, aunque también debo reconocer que este último tiempo he sido bastante perezoso en los que a lecturas de ese tipo concierne y, más bien, he depurado mis posturas a través de diálogos y conversaciones con amistades.

Esto último me hizo acordarme de un rayado que había en un baño de la U. Central, y que leía cada vez que iba a cagar: "Cristo es el camino, pero Marx es el atajo". No voy a debatir las implicancias de aquella frase porque me da paja, pero es una frase ondera y creo que la lleva.

Por lo demás, me paseo la conquista española, YO PREFIERO EL CAOS A ESTA REALIDAD TAN CHARCHA Y... MARICHIWEU !!!


miércoles, 1 de agosto de 2012

Lombrices y Cristo en calzoncillos

Era un domingo silencioso, tan silencioso como las tardes de domingo saben ser.

Me encontraba con mi hijo en la plaza de la villa. Yo le echaba vuelo en el columpio y escuchaba los no-ruidos de la tarde dominical y saboreaba por la ñata los olores a asado que salían de diversas casas y que se hacían cada vez más imperceptibles conforme pasaba el rato.

Columpiando a mi hijo, entré de pronto en un trance.

A propósito de un montón de tierra con desechos orgánicos que tenemos en el patio —auspiciado por mi hermana y su agronomismo— pensé en la descomposición de los cuerpos animales y vegetales. Pensé en la muerte y en las lombrices y bacterias o lo que sea que se alimente de los cadáveres en putrefacción.

Pensé también en que aquellos microorganismos y lombrices no hacen más que seguir su instinto biológico, contribuyendo a lo que Mufasa denominaba "el ciclo de la vida". Y la contribución de dichos organismos es innegable, independientemente si a alguien aquello le parece feo, asqueroso o poco higiénico.

Pensé también que en ese montón de tierra —llamése compost si se quiere— no hay lombrices, pero que en algún momento las habrá porque mi hermana desea ponerlas para acelerar el proceso de descomposición de los restos de frutas y verduras. Imaginé a aquellas lombrices como seres transplantados de un lugar a otro, para seguir con sus vidas tal como vienen programados biológicamente para vivirlas, ajenos a que su establecimiento en aquel ambiente fue manejado por un ser más grande que los instala allí arbitrariamente, según un determinado criterio, del que nada saben las lombrices. Una vez cumplido el objetivo, o por necesidad de re-organizar el patio, el montón de abono orgánico será desplazado o destruido y las lombrices morirán al no tener un ambiente en que sobrevivir, dejando tras sí el paso de generaciones y generaciones de bichos desde su arbitraria llegada a aquel lugar.

Y de un momento a otro pensé en el Planeta Azul, llamado Tierra, como un montón de desechos orgánicos que necesita ser descompuesto. Y pensé en que el factor descomponedor vendríamos a ser nosotros los humanos, y que allí radicaría el porqué nuestra especie tiene un carácter tan destructivo con el propio lugar en que vivimos. Probablemente fuimos transplantados hace millones de generaciones desde otro lugar a seguir actuando según nuestro instinto biológico, según una decisión arbitraria de algún otro ser arbitrario que nos habrá puesto acá por alguna razón.

La vida de un humano supera en extensión cronológica a la de una lombriz y, siguiendo esa lógica, perfectamente una vida humana no sería más que un parpadeo de los ojos de un animal más grande, que nos transplantó a otro montón de materia a seguir con lo nuestro.

Y pensar eso me asqueó, porque deja abierta la posibilidad a alguien para entrometer la idea de "dios" y de designios divinos, idea a la que trato de quitar todo carácter antropomórfico posible o, simplemente, eliminar —depediendo de la volá en que me vaya.

Pero más que eso, me asqueó porque creo en las utopías y en que el homo sapiens tiene la capacidad suficiente de construir un mundo mejor. Y el analogizar a la humanidad con lombrices transplantadas inconscientes y devoradoras, sirve para dar pie a aquellas personas conformistas que dicen "el mundo es así, nunca va a cambiar". 

Ahora bien, hay asuntos que quedan fuera de este análisis, como por ejemplo el establecimiento del momento en que el ser humano dejó de ser un animal armonioso con su entorno. ¿Y si la guerra es parte de la armonía con el planeta? Y allí radica otro problema, ya que también me interesa la construcción de un mundo sin guerra... o por lo menos que no haya guerras en que mueran los inocentes.

¿Entonces cuál es la naturaleza humana? Y empiezan a desfilar por mi cabeza Russeau y Hobbes... y desfilan también "el estado de naturaleza", "el buen salvaje", Maquiavelo y también el Materialismo Histórico y que el ser determina la conciencia. ¿Es culpa netamente del capitalismo el que el planeta se esté extinguiendo, devorado por la ambición humana y su falta de previsión?

Lo único seguro es que aquellas preguntas no serán respondidas a través de un blog. Y aunque fuésemos lombrices transplantadas, de todos modos dependemos del sol. Un día el sol se apagará y da lo mismo que hayamos cuidado o no el planeta. Pero para que eso pase queda una cantidad de tiempo inconmensurable para una mísera vida humana, que, como ya dije, no sería más que un parpadeo para un animal más grande. 

Y en realidad también una vida humana no es más que un parpadeo para la vida social, porque la sociedad sobrevive pero no los homínidos que la conforman; éstos mueren y son olvidados... la sociedad en cambio, se adapta y muta y sobrevive eternamente.

Así las cosas... el ser o no lombrices es una discusión ociosa, ya que podría especularse eternamente sobre la verdadera condición humana, a la cual muchos pretenden acceder por medio de religiones o de ideologías masticadas sin digerir, así como también podría especularse eternamente hasta que se apague el sol sobre la misión del homo sapiens en el Planeta Azul. Hay que vivir con nuestro inminente perecimiento personal y nuestro futuro olvido y destrucción, pero no por eso dejar de hacer algo por mejorar nuestro maldito parpadeo de vida, que al fin y al cabo es lo único que nos queda. Finalmente, más que un argumento en contra de quienes dicen que no vale la pena mejorar el mundo culiao, es una actitud de vida... una forma de caminar por el precipicio, avanzando con seguridad pero no engañándose con que uno es tan bacán y pulento que nunca se caerá al abismo.

Y salí del trance y volví a encontrarme dándole vuelo a mi hijo. Me dijo después que quería ir a los juegos de la villa de al lado que tiene un resbalín doble (tiene dos opciones para deslizarse).

Me senté en la banca a mirar a la sangre de mi sangre jugar. Había también una mamá veinteañera algo avejentada con su hija.

En esa plaza tienen una especie de jardín y un pequeño altar con la imagen de un Cristo crucificado con sangre chorreándole por donde dicen que le clavaron clavos.

La niña se acercó a la figura y quiso tocarla. 

— ¡No, no lo toques! —dijo la madre.
— ¿Por qué? —preguntó la niña con curiosidad y extrañeza ante la hiperventilada reacción de su madre.
— Porque es una imagen y algún día te diré para qué son las imágenes.

La niñita no representaba más de cuatro años, y me pareció que la explicación de su progenitora no le resolvió ninguna duda. Al poco rato se fueron.

Juan José seguía entretenido con el resbalín. Después que se fue la niña, se deslizó una vez más y se dirigió a la estatua del Jesús crucificado. Se acercó y lo miró de cerca... soltó una carcajada y dijo "¡Waaaaaaa está en puros calzoncillos!"

No pude evitar reirme con él. Su comentario fue el más pulento del Universo. ¿Acaso no es irreverente poner en los juegos de una plaza la figura de un hombre desnudo que sólo cubre sus genitales con una especie de género blanco?

Algún día la cultura en que nos desenvolvemos, la tele, el Aparato Represor del Estado y otros muchos elementos más, le darán a mi retoño pistas de quién dicen que representa la imagen de ese hombre en calzoncillos.

Discrepo del actuar de mi colega parental (en versión femenina). No hay que cagarle la mente a los niños con pudores y morbos que ellos no comprenden (y sinceramente, creo que no tienen por qué comprender). No contaminemos a nuestros críos y seamos lombrices buenas. 

Eso es todo por hoy. Nos vemos en el infierno. Amén.


sábado, 14 de julio de 2012

Rincón íntimo

Finalizada la jornada laboral, me fui pa mi casa. Estaba oscuro, era de noche. 

Tomé la 201-E en Santa Ana. Poco antes de llegar a Los Héroes, la micro se detuvo, quizás por un taco, quizás por qué chucha.

Yo miraba por la ventana. Había un loco en el paradero con un polerón rojo con la insignia de la Selección Chilena... era lo que uno podría denominar "el típico culiao". De repente como que pone la cara del meme de Yao Ming y se saleja del paradero y se acerca a un rinconcito oculto en las sombras, ubicado entre una reja verde y una muralla. Acto seguido, se pone a mear, al amparo de la oscuridad y de la intimidad que el lugar propiciaba. En efecto, sólo yo tuve la pésima ubicación que me permitió con la mirada seguir sus accionar.

El loco volvió al paradero con cara de felicidad.

Y en ese paradero había más gente esperando la cromi, pero también estaba una loca. Ella era lo que uno podría denominar "la típica mina", la clásica hembra humana que estudia en un IP y que no es pa' na' fea pero tampoco es rica pero se maquilla y se arregla e igual está buena, como pa que algún jovenzuelo diga "con dos piscolas la hago cagao de la risa", sólo para hacerse un poco el exigente, porque en realidad él la haría sin necesidad de siquiera una mínima gota de alcohol en el cuerpo porque, en estricto rigor, él no tiene atributos suficientes como para regodiarse y sólo lo dice por autocomplacencia masculina. En definitiva, ella era "la típica lola".

No pasaron ni 5 segundos desde que el meón volvió al paradero cuando observo que la lola saca el celular de su bolsito. Al parecer le estaba sonando. Lo vio y puso la misma cara del meme de Yao Ming. Contestó y se fue del paradero para poder escuchar lo que le hablaban sin la interferencia del ruido del tráfico... y escogió, como lugar para conversar telefónicamente con intimidad, a aquel mismo rincón que anteriormente había sido orinado por el típico culiao con polerón de la Selección Chilena.

Ella nunca se enteró de la meada y fue feliz allí.

Shúper urbano.


jueves, 12 de julio de 2012

Huida

Quiero dejar de ser piti y se me ha dado la oportunidad de operarme con láser y lo haré, pero antes de concretar el disparo de un rayo láser en mis ojos he debido hacerme una serie de exámenes previos que todavía no terminan.

El oftalmólogo/oculista/ojólogo me dijo que me tomara una aberrometría, cuyo costo es una aberración: ¡55 lucas! Pero como siempre existen triquiñuelas, me dijo también que si pedía que en la boleta pusieran que era una "topografía corneal" me podían reembolsar parte del dinero en la isapre.

Tenía que ir al Centro Oftalmológico Láser (CEOLO) que está ubicado en la calle Asturias, Las Condes. Según la página web del Transantiago, debía tomar el metro hasta estación Alcántara y caminar un resto hacia mi lugar de destino.

Lo hice, me bajé en Alcántara y emergí a la superficie. Llevaba sobre mí una caña inexistente y el peso de dos conversaciones que tuve el día anterior, con dos personas diferentes, en dos lugares diferentes y en dos contextos muy diferentes. Una versaba sobre el machismo y la otra sobre el karma. ¡Psicomagia ven a mí y arréglame la vida chuchetumare oh! 

Mientras pensaba alternadamente entre lo del machismo y lo del karma, caminaba también sin rumbo por Apoquindo buscando la famosa calle Asturias. Llegué hasta El Golf y me devolví porque no la encontré. Entré al Big John que estaba frente al metro Alcántara y le pregunté a la cabra que al parecer atendía en el pan, dónde estaba la calle Asturias. "No sé, es que no conozco por aquí". Le hice la misma pregunta a la cajera y me dijo "No sé, sólo conozco aquí y el metro".

Salí del negocio con un poco de risa porque éramos puros periféricos que no teníamos puta idea de nada. Bajé al metro y le pregunté a un caballero que estaba barriendo la escalera si sabía dónde quedaba la calle Asturias y él tampoco tenía pico idea.

Así que de nuevo en la estación, escudriñé con la mirada la existencia de algún mapa, pero no había ninguno. ¡¿Por qué chucha no tiene un mapa la puta estación Alcántara al igual que las demás?!

Claro —me dije—, estos cuicos culiaos piensan que uno se sabe de memoria las putas calles y por eso no ponen mapa. Después reflexioné y caí en la cuenta que en realidad no estoy seguro si en todas las estaciones hay mapas con las calles.

Salí otra vez de la estación, esta vez por la otra salida y le pregunté a la señora de un kiosko por la calle Asturias y me dijo que siguiera derecho nomás, así que ahora iba por Apoquindo pero no perdido y en dirección contraria a mi caminata inicial.

No sé porqué, pero yo iba con lentes. Por lo general no los uso en la calle durante el día, por vanidad. Probablemente como sé que me despediré de ellos, los dejé salir a tomar aire.

Pero como andaba con lentes, podía ver bien. Y me fijé por primera vez en los edificios culiaos enormes de los barrios lais. Muchas veces he caminado por allí, pero esta era la primera vez que les ponía atención y miraba pa arriba cual turista. Me sentí huaso y aweonao, más todavía porque había pasado millones de veces por ahí y no había prestado atención al paisaje. Después me dio lo mismo y seguí caminando. 

Pensaba en que había mucha gente cuica en la calle y me acordé de una canción de los Fiskales que no sé como se llama y tampoco voy a buscarla, pero dice algo así como "hay mucho weón bonito"... "o hay mucho weón pituco"... bueno, no estoy seguro, pero creo que se entiende la idea. Me acordé de lo mucho que he escuchado a personas decir que las marchas no deberían hacerse en el centro de Santiago sino que en los barrios cuicos... marchar por Apoquindo... marchar por Camino El Alba... sería Doña Provocación... "en volá habría que hacerlo" concluí. Al fin y al cabo, puros resentimientos, pero con estilo. Equisdé.

Pensé también en las cabras que no tenían idea de la calle que les había preguntado y me di cuenta que, en algún momento, llegué a esa edad en que los trabajadores son mis pares generacionales. Las chiquillas parecían de mi edad... y pensé también que de mi edad son los futbolistas como Alexis Sánchez en la cresta de la ola del éxito y también en que es a esta edad —los veintitantos— en que las actrices porno alcanzan su máxima fama luego de haber partido desde abajo en aquella industria, trapeando pisos (con las tetas) y chupando picos (literalmente).

Llegué al CEOLO pero no sé por qué leí "CEAL" y me acordé inevitablemente de los antofagastinos y que ellos, a lo que los santiaguinos denominamos "Centro de Estudiantes", le llaman "CEAL", por "Centro de Alumnos". Legal.

Estaba en la sala de espera y me sorprendió ver a muchas personas con una especie de gafas plásticas transparentes pegadas a sus caras con cinta adhesiva. Obviamente eso debe ser parte de algún tratamiento ocular y ojalá que yo no tenga que ponerme eso. Pero dentro de la gente con plástico y cinta en la cara, había también tres minas guapísimas, pelo lais, ricas las weonas... pero tenían esa mezcla de plástico y cinta y era muy extravagante, como una escena de película... y me dieron ganas de hacer una película con una escena en que hayan minas con esas cosas... en realidad la película sólo sería la excusa para plasmar esa imagen... aunque también podría servir para la carátula de un disco o cualquiera de esas cosas que se me pasan por la cabeza y nunca he hecho.

Cuando me llamaron para atenderme desde el mesón, tuve que sacar mi billetera pa tener a mano el carnet y me dio risa descubrir que tenía en la mochila una lata de chela que me había sobrado del día anterior... una ordinaria lata de Cristal que no me quise tomar pero en volá lo haga después de escribir esto. Pensé en cuánto podría desencajar la acción de tomarse una lata de cerveza en aquel lugar, y además una Cristal... y no es que le haga asco o que tenga un paladar cervecístico refinado... pero prefiero otras porque la Cristal carece de brillo, en mi humirde opinión.

Fui después donde el tecnólogo médico y me hizo mirar un punto rojo que no era una variedad de marihuana. "Abre, cierra, parpadea, abre, cierra"... Consideré que el verbo "parpadear" suena divertido y que no tengo chucha idea de la etimología de la palabra párpado. 

Finalizado el examen me devolví al metro pa cargar la bip y me abordó una señora que repartía folletos del Parque del Recuerdo.

— Joven, ¿le gustaría dejarme sus datos para recibir información del Parque del Recuerdo... sin compromisos... —me dijo.
— No muchas, gracias... es que no tengo pensado morirme todavía —respondí.
— Jajajaja, pero si nadie tiene planificado morirse...
— Pero no, muchas gracias.

Huí.


lunes, 2 de julio de 2012

Hablamiento colectivo

Conforme a lo acordado, me dirigía a dejar a mi retoño a la casa de su madre luego de haber pasado el fin de semana conmigo.

Salimos del Terminal O'Higgins y tomamos un colectivo rumbo a Machalí. Juan José y yo íbamos mirando el paisaje por la ventana. De pronto, sin darme cuenta, me descubrí conversando con el chofer sobre autos. Él era un cabro como de mi edad, o al menos no aparentaba tener más edad que yo... o por lo menos parecía tener veintitantos.

Hablamos sobre los autos chinos y de que ahora son de mala calidad pero que probablemente en veinte años más iban a ser la patá de buenos. Me terminé enterando que le cargaban los Peugeot y los Renault y que sólo confiaba en los vehículos japoneses y americanos.

El Camaro me gusta a mí me dijo en un momento.
¿Cuál Camaro? interrogué yo.
El último, ese que salió en la película de los Transformers.
Ah, es que no vi la película de los Transformers.
¿No viste la película de los Transformers, flaco?
No, es que ni siquiera me gustaban mucho los monos cuando chico así que la película nunca me ha llamado la atención.

Y ahí se acabó la conversación. No me preguntó más y volví a acompañar a Juan José en su labor de mirar el paisaje por la ventana.

Más tarde, de vuelta en la Región Metropolitana, tomé un coleto pa ir pa mi casa. En el asiento del copiloto iba una señora conversando con el chofer sobre accidentes de tránsito y de que ya se estaba recuperando de su accidenete un viejito colega colectivero que trabajaba poco y que tenía hijas en el extranjero.

Acotó en un momento la señora:

Mi hijo una vez se compró una moto y le dije que se había comprado un cajón con ruedas... son tan peligrosas...

Y la vieja de mierda iba sin cinturón de seguridad.

Siguieron hablando y el chofer dice algo así como "yo antes era de los que no usaban cinturón, pero ya no".

La señora hizo un amague de complementar lo dicho por el conductor, pero al percatarse que no se había puesto el cinturón de seguridad, abortó misión y se quedó callada.

De a poco se fueron bajando todos los pasajeros. Me bajé yo también y caminé a mi casa pensando en que todavía no descubro del todo por qué me caen mal las viejas. No me refiero a las señoras en particular, sino que a las viejas como gremio. 

Porque yo creo que no se han dado cuenta, pero las viejujas son un gremio, piensan de forma parecida y tienen intereses particulares dada su condición de señora.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Una cosa lleva a la otra

Hace varias semanas escribí una idiotez que llevaba por nombre Animalejos, en la cual confesaba una fantasía mía que versaba sobre como un encapuchado le quitaba el caballo a un paco y desde aquel noble corcel procedía a darle guaraca a los soldados de la elite. Algo me dice que esto se me debe haber ocurrido al rememorar alguna gesta del libro "Lautaro, joven libertador de Arauco", el cual a su vez debió haber venido a mi memoria luego de una frase que me dijo mi hermana mientras veíamos noticias una mañana de 2011 y en donde la prensa burguesa mostraba a los estudiantes enfrentándose a las Fuerzas de Orden con palos y piedras, mientras éstos les lanzaban gases lacrimógenos y agua con caca. "Cacha, es como cuando los mapuches peleaban con los españoles, con puras piedras"...

Lo interesante es que dicha observación, a su vez, remite a la disparidad de elementos en la lucha, pudiendo visibilizarse la existencia de dos grupos armados, en donde el equipamiento represivo de uno es de mayor sofisticación que el del otro, limitándose el armamento del grupo menos sofisticado a elementos que forman parte del entorno mismo palos y piedras... a excepción quizás de una que otra honda. No de buena onda, si no que de honda usada por Bart Simpson y/o Daniel El Travieso... esa onda... Y a propósito de Daniel El Travieso... ¿Se acuerdan que el Pinochet culiao pa guardar su dinero robado al pueblo chileno "noooo, si el Tata habrá mandado matar a mucho weón, pero nunca le robó un peso a nadie" se inventaba nombres falsos en el Banco Riggs, y que uno de ellos era Daniel López? ¡Nombre culiao trucho! ¡Es tan común que es obviamente sospechoso! Y es un nombre tan común que llega a ser gracioso y pintoresco que el cerdo fascista lo haya escogido para intentar camuflar su acción ilícita...

Hace poco Fernando González anunció su retiro del tenis profesional. Me acordé inmediatamente de Hermes Gamonal. ¿Qué fue de ese weón? Todo indica que pasó sin pena ni gloria. En todo caso, como dijo el Chino Ríos: "no estoy ni ahí".

En mi pieza tengo colgada una raqueta. Yo no juego tenis. Me la regaló cuando pendejo un amigo de mi viejo con el que jugaba tenis. Que yo sepa, mi viejo tampoco jugaba tenis y tampoco tenía raqueta. Pero ahí estaba yo y ahí estaba él con su amigo (y parece que otro más) jugando tenis en unas canchas de arcilla que quedaban cerca de la casa en que vivía la Natalia Cuevas. ¿Se acuerdan de la Natalia Cuevas? Imitaba gente pero sin tanta gracia como Kramer.

Mi raqueta es una Dunlop John McEnroe Pro, hecha a la antigua, con madera. Una vez con mi tropa de amigotes compañeros de colegio jugamos tenis y me hicieron ver, al observar mi raqueta old school, que era una reliquia. El hecho de que fuera posiblemente una reliquia hacía que me dieran más ganas de cometer la herejía de hacerla rebotar contra el suelo, provocándole potencial daño y mermando su estado. Pero mi raqueta es de las buenas, porque es de las antigüitas, por lo que ningún daño sufrió.

En internet vi unas fotos de los pacos lanzándole bombas lacrimógenas a los ayseninos durante sus jornadas de protestas. Las bombas por el aire, dejando su estela de humo tosedor según la trayectoria del proyectil, se asemejaron en mi mente enferma a una pelota de ese jueguito que es como el tenis pero no es el tenis, en que la pelota —o lo que sea que se tire— no es una simple esfera sino que tiene como un agregado.

Pensaba en lo bacán que sería poder responderle una lacrimógena a un paco culiao con una raqueta de tenis. Sería épico. Sería hermoso. Y pensé en lo trascendentalmente simbólico que sería que alguna vez, aquellos deportistas tan amados por el pueblo como Fernando González o Nicolás Massú salieran a la calle a responder las bombas con raquetazos. El clímax de la escena llegaría con la sorpresiva aparición de la Kournikova Chilena, quien no sólo se metería su raqueta por la zorra, sino que también a un guanaco entero, ante la admiración de la muchedumbre perpleja.

¿Será pecado acaso tener fantasías de este tipo en las jornadas de enfrentamiento con las Fuerzas Especiales? Si tuviera los recursos, gustoso haría una película en donde se incluyan escenas del encapuchado monta-caballos y del tenista que usa su raqueta por la defensa del amor y la justicia. Si fuera menos pajero y tuviera más confianza de mis trazos, dibujaría dichas escenas en un cómic.

Pero no sé qué es lo que ocurrirá finalmente. Lo más probable es que el tiempo pase, y ante el evidente no cumplimiento de mi fantasía, en un día cualquiera, seré yo el que le quite el caballo a un paco y desde ahí responderé con raquetazos a las bombas lanzadas por los cerdos.

Total que una cosa lleva a la otra.

lunes, 16 de enero de 2012

Adiós a un zapato

Hace dos sábados me dirigía a la estación de trenes de San Bernardo y al pasar por la plaza Paul Harris que limita con ella frente al Tottus, ex San Francisco Estación me percaté que dicho lugar había perdido uno de sus pintorescos atractivos, una de sus características particulares, ese algo que me hacía recordarla especialmente, su gracia, su qué se yo.

Resulta que en esa plaza hay un árbol, pero eso no es lo novedoso (porque se espera que en toda plaza, plazuela o plazoleta haya al menos un árbol y/o un par de bancas). La gracia estaba en que ese árbol tenía en su tronco clavado un zapato.

Y me daba risa que tuviera un zapato clavado. Lo encontraba chori.

Una vez un caballero de la calle me dijo que ése zapato era del primer atorrante que vivió en la plaza (palabras de él). Ahora bien, no me consta que el señor que me contó la historia fuese efectivamente un "caballero de la calle" que pernoctase en la plaza, más bien me queda la sensación que era de estos viejitos medio vagabundos que alojan en el Hogar de Cristo o similares. Y más cosas no me constan porque mis recuerdos se pierden en el laberinto de los años pasados y probablemente el recuerdo completo quedó archivado en la carpeta "varios" o en la carpeta "random".

El porqué hablé con el caballero que me orientó sobre el origen del zapatín clavadín en el arbolín no lo diré porque me da ultra mega pajín y no vale la pena porque es fomesín.

Y puta, cuando caché que el zapato ya no estaba clavado fue como "¡Bah, no está! chucha qué mal". Me dieron ganas de averiguar las razones y mi primera ocurrencia fue preguntarle a la gente que andaba por el lugar, preguntarle a la señora que vende mote con huesillos probablemente o a algún transeúnte pero todo eso se me pasó por la cabeza sin dejar de caminar, por lo que cuando llegué a la estación me dio Doña Paja devolverme. "Lo haré otro día" me dije.

Al sábado siguiente fui de nuevo pa la estación y pasé de nuevo por la plaza. Miré de nuevo el árbol y confirmé que el zapato no estaba. No había nunguna señora vendiendo mote pero aunque hubiese habido diez viejujas no le hubiera preguntado a ninguna. Seguí hacia la estación.

Lo más seguro es que el próximo sábado pase de nuevo por la plaza pa ir a tomar el tren y confirme por tercera vez la ausencia del zapato. Me seguiré preguntando quién lo sacó y porqué, seguiré pensando que quizás sería bueno preguntarle a alguien y lo más probable es que siga mi camino sin hacerlo. Lo que pasa es que dirigirse a una persona e interrogarla sobre el paradero de un zapato que estaba clavado en un árbol hará que el aludido dude de mi cordura. "¡Oye la pregunta weona!" dirá.

Y siempre digo que perdí la vergüenza hace mucho tiempo, lo cual es igual verdad, pero resulta que igual es mentira, quedando en evidencia mi pudor culturalmente construido en situaciones como éstas... aunque una parte de mí sabe que de algún modo averiguaré el destino de aquel calzado. De hecho, escribir lo que estoy escribiendo es una forma de indagar, porque si alguien sabe lo que ocurió podría informármelo a través de un comentario.

La foto del zapato la tomó mi viejo como el 2005 y la guardó en el computador con el nombre de "zapato enarbolado". Han pasado muchos años, y por medio de estas líneas me despido de ti y enarbolo este pequeño homenaje, zapato enigmático, zapato misterioso, zapato cochino, zapato café, zapato guacho, zapato que marcó tendencia de antes que estuviera de moda colgar zapatillas en los cables.

Chao zapato culiao, nos vemos en el infierno.

Comentario final: No sé quién chucha fue Paul Harris y tampoco le preguntaré a Google.